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Santa Bárbara

Una de las claves que explican la fascinación del hombre por las obras de arte -en general- y por los edificios antiguos -en particular- está en el concepto de perdurabilidad: Intuimos que seguirán en pie cuando nosotros ya no estemos aquí para verlos, lo cual nos infunde un respeto especial.

En el caso de la Ermita de Santa Bárbara, esta supervivencia, más que sorprendente, es un milagro:

Lleva en ruinas más tiempo del que estuvo "en activo", y sin embargo, se resiste a sucumbir del todo, como si supiera que nuestros ojos se han acostumbrado a ver el perfil cubista de su espadaña recortándose en el cielo, cada vez que entramos al pueblo desde San José. Desde esa misma espadaña -cuentan los más ancianos- se solía tocar su pequeña campana para avisar del mediodía, costumbre que fue mantenida por los vecinos mucho tiempo después de que la iglesia fuera desacralizada y desmantelada. Desde el punto de vista constructivo, es un edificio de una sola nave construida con sillería en la base , mampostería y argamasa en los muros y ladrillos en las esquinas, la cornisa, y la espadaña. En su interior conserva detalles de refinamiento (en las molduras y en el relavado de estuco de cuarzo) que nadie esperaría viendo su exterior sobrio, sólido, geométrico y sin vanos.

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